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sábado, 20 de abril de 2013

Paseo por Collserola: dos cimas y un valle

Ya dije cuando fui andando desde Horta al Tibidabo a través de Collserola que volvería pronto a la cordillera barcelonesa. Este jueves pasado por la tarde dispuse de tres horas libres y, después de comer, me encaminé a la conquista de la colina de Segarra, justo encima del polígono Canyelles, en Nou Barris.

Collserola - Colina Segarra
A la derecha se aprecia el sendero que escala la falda de la colina Segarra.
Detrás del antiguo Instituto de la Guineueta y la clínica Staurus, una pista se adentra en el valle Can Masdeu –donde resiste el embate de la ciudad la célebre masía-. Pregunto a un abuelo por dónde se asciende a la cima y me indica un sendero aledaño, pero al otro lado del valle. No tiene pérdida, debo seguirlo, sin desviarme. A las cuatro de la tarde el sol escuece. En previsión, me había embadurnado la cara con crema solar y me protejo la testa con un gorro de aventurero –ya ven ustedes, para dos horas y media largas que duró el paseo.

Pero más que la irradiación solar, me sofoca la pendiente acusada y prolongada. Tres cuartos de hora de ascenso. Me detengo poco a recobrar el aliento porque, cuando me paro y siento el zumbido loco del corazón en mi interior, se me crispan los nervios. Me aconsejo a mí mismo: “Hay que conservar el ritmo; ¡no! –me corrijo- hay que bajar el ritmo para minimizar el esfuerzo”.

Torres eléctricas de alta tensión recorren la ladera, pelada de árboles, con excepción de algunos pinos y cactus al principio y a medio camino. Casi en la cima crece un platanero rodeado de piedras adoquinadas en el pie y adornado por ramos de flores. Enfrente suyo, un banquito de baldosas. El conjunto me recuerda a una plazoleta… o a un sepulcro. ¿Por qué diantres la gente acarrea hasta esa altura piedras tan pesadas?

Collserola - Pinos y cactus
Pino piñonero y cactus, en la ladera de la colina Segarra.
Collserola
Una especie de plaza enana en lo alto de la colina.
Vista de Barcelona y Sant Adrià desde Collserola
Barcelona y Sant Adrià, desde Collserola. En el centro, se abre paso el río Besòs y su desembocadura. Y, por supuesto, en primer plano, los sempiternos cables de alta tensión que acompañan Collserola y que forman parte ya de su paisaje.
Desde la cima, a 326 metros de altitud, y coronada -como no- por una antena, se divisan varios símbolos de Barcelona, como la Sagrada Familia, la torre Agbar o las Torres Mapfres. Y un poco a la izquierda, junto a la desembocadura del río Besòs, las chimeneas de Sant Adrià, otro símbolo –agrade o no- del litoral catalán.

En principio, había sopesado caminar hasta un mirador que se asoma a la autopista C58, pero esta vez dispongo de tiempo limitado. Decido caminar hasta la cumbre siguiente –colina de Roquetes, a 304 metros de altitud-, a unos trescientos metros por un camino ancho que sube y baja y marca el perfil de la cordillera. Una torre se erige en la cima. Por aquí también aún hay restos calcinados del incendio forestal del pasado verano. Ignoro para qué se usó en su tiempo la torre. Ahora está abandonada y envuelta de arbustos y hierbajos, con las paredes exteriores en pie pero con las interiores reventadas.

Penetrar en ella a plena luz del día no es óbice para que me asalte cierto temor. Silencio, grafitis, latas de bebida oxidadas, suciedad… Aunque fugaces, me sobrevienen pensamientos fatales: “Y si se derrumba ahora que estoy dentro, y si hay unos mafiosos por aquí”. Y también ridículos: “Y si hay espíritus…” Tiro fotos y salgo. Por detrás, me sorprende encontrar un pozo a ras de tierra sin cubrir. Poco profundo, con agua en el interior, pero suficiente para hacerte pupita.

Collserola - Torre Roquetes
Torre Roquetes. Más allá de la casa aparece el castillo de Torre Baró.
Collserola - Interior Torre Roquetes
Interior de la torre Roquetes.
Collserola
Mucha gente busca espárragos en Collserola.
Me encaramo a unas rocas y diviso Torre Baró a un tiro de piedra, pero ya he de volver. Aun siendo un día laborable, en este paseo no faltan los ciclistas y caminantes, muchos con perros. Regreso hacia la colina de Segarra. En plena falda, entre la hierba, una pareja parece buscar espárragos. Les grito:

-¿Buscan espárragos?

La mujer me ignora. El hombre asiente con un ademán. O eso creo. Levanto la mano, levanta la mano.

Desciendo la colina de Segarra por otro sendero diferente al del ascenso. Más inclinado si cabe. Can Masdeu queda abajo a la derecha. Murmullos de personas a lo lejos. Me topo con una cisterna de reabastecimiento de agua para helicópteros antiincendios. Cada vez más pinos. En poco, cambia el paisaje. De monte pelado a valle frondoso. Si no fuera porque sé que a un centenar de metros se extiende Barcelona, juraría adentrarme en la jungla. Y no exagero; quizás un poco. El silbido de los pájaros ayuda a recrear el ambiente selvático (oír audio). Desemboco en la pista que se dirige a la masía de Can Masdeu. De nuevo en la gran ciudad.

Collserola - Valle Can Masdeu
Sendero que atraviesa el valle Can Masdeu.



En la próxima entrega, explicaré el recorrido que he hecho este sábado por la mañana. De Horta hasta Torre Baró y más allá, por la fuente de Santa Eulàlia. Conoceremos a Simón, uno de sus "guardianes". El cielo transparente permitía distinguir sin problemas Sabadell, desde la parte vallesana de Collserola.

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