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martes, 30 de julio de 2013

El sentido de la vida

Casi todo ser humano se ha planteado esta cuestión alguna vez en su vida caduca. Y, con toda probabilidad, ha sido denominador común en muchas civilizaciones a lo largo de los tiempos, con más o menos intensidad, según los pueblos, las culturas, la ociosidad, el sufrimiento o laboriosidad de sus gentes. Pero, sin duda, preguntarnos sobre el sentido de la vida ocupa un lugar principal en nuestros tiempos y, por lo menos, en la sociedad occidental.

Aterdecer
El ocaso de los ídolos. Un atardecer en Barcelona captado cuando intenté capturar el cometa Pann Star el pasado mes de marzo.
Y no es casualidad. Cuando el ser humano abandona ciertas creencias religiosas –por lo que nos toca, el cristianismo-, un hueco amplio queda por colmar. Antes, en cierta manera, cada humano contaba con un norte firme: vive según las normas católicas y no te preocupes demasiado, porque la verdadera realidad está más allá de esta vida. Cuando peques, según tal sistema moral, descarga tu malestar en el confesionario, encontrarás así la redención.

Por más que uno se haya liberado de ciertas creencias metafísicas, la coletilla de culpabilidad permanece y la necesidad de búsqueda de sentido sobrevive en nuestro interior en forma de vacío, incerteza y desorientación. Ansiamos un nuevo qué, un nuevo asidero que nos mantenga en pie, en fin, un norte nuevo. Porque aunque muchos hayamos matado a Dios, como proclamó Nietzsche hace más de un siglo, la espiritualidad o su ansia perviven.

¿Y dónde buscar? Es más, ¿procede preguntarnos por un sentido de la vida? ¿Estamos vivos para algo predefinido? Difícil, si hemos renegado de la religión y de las trampas de sus creencias metafísicas. El ser está o pasa por este mundo, pero dependerá sólo de él saltar de la mera vida inercial o –en el peor de los casos- de la supervivencia asqueada, a vivir con satisfacción, bienestar y plenitud. Nadie le observa ni le juzga. Él es Dios. El mundo en sus manos. Ha de aprender a manejar su libertad.

Fácil escribir de esto. Lo difícil es ponerse manos a la obra. El peso de los siglos y la colonización cristiana de todos los ámbitos sociales y mentales dificultan el proceso. Claro que hablo de ciertos individuos; hay otros que no tienen estos complejos porque viven en el presente con intensidad, aceptando los sucesos –y emociones concomitantes- tal como vengan: con alegría, con tristeza, con amor, con temor, con ira… pero solo cuando toca, en esos momentos, sin revivir e imaginar a todas horas. Sin torturas.

Aún queda sin embargo una pregunta más honda. ¿La humanidad, en conjunto, hacia dónde se dirige? ¿Hay un camino? ¿Disponemos de un mapa? De estas cuestiones, sus propuestas y otras confesiones versa el libro Pajas Mentales.

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