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viernes, 29 de marzo de 2013

Vacaciones de Semana Santa en Collserola

Mis vacaciones de Semana Santa se han reducido a una excursión de seis horas y media por la cordillera barcelonesa de Collserola. No es un queja, sino un hecho. La hice porque me apetecía, pero mientras fotografiaba por aquí y por allá pensaba ya en publicar un post sobre esta salida.

Collserola existe porque existe. Antes de reíros, me explico. Si Collserola hubiera sido una llanura, haría décadas que Cerdanyola y Sant Cugat pertenecerían a Barcelona.

Partí a las nueve y media de la mañana. Sin rumbo definido. Ascendí por la pendiente que hay tras las cocheras de TMB y reparé en que aún había vestigios del incendio de San Juan de 2012.

Pino de Collserola quemado en la base
Este árbol se partió en dos mucho antes del incendio del año pasado. Aquí podéis ver su aspecto anterior, ya con medio tronco seco, en 2006.
El pino que tanto he fotografiado en otras ocasiones también había sido dañado por las llamas, pero solo en su base. Bajo este árbol enterré a mi perro hará el próximo 4 de mayo quince años. La marca del lugar exacto –un montoncito de piedras- se esfumó con el tiempo.

En la cima, decido alcanzar, como mínimo, la torre de vigilancia de incendios forestales, que ya distingo –diminuta como una breve antena- en lontananza.

Los caminos están concurridos. Serpenteo; ahora senderos, ahora pista principal. Ciclistas y otros caminantes, muchos extranjeros. Todos nos mostramos muy cordiales. Antes de llegar a la torre, me detengo a almorzar un bocadillo en una explanada con cuatro bancos.

Collserola, ciclista

Collserola, camimante

Collserola, torre de vigilancia forestal

Collserola, ciclista
En la primera foto, aún no había alcanzado la torre de vigilancia; en la última, ya la había superado. En la tercera, la pareja con la que hablé.
Encuentro señales de jabalíes por doquier, pero sobre todo en los senderos. Al pie de la torre de vigilancia –a la que asciendo por una cuesta de cemento interminable - una pareja descansa. El calor aprieta.

-¿Se puede subir? –que les pregunto.
-No.

Tomo unas cuantas fotos y me voy. Pero como no estoy cansado y aún no son ni las doce, continúo adelante.

El Tibidabo, mi pequeña Ítaca

Montsserrat desde Collserola

Panorámica de Barcelona desde Collserola
En primer plano, se aprecia la ciudad hospitalaria de la Vall d'Hebrón, en medio, el Turó de la Peira y, al fondo, se insinúan las playas del Maresme.
Vuelvo a encontrar a la pareja en un mirador, desde el que diviso Montserrat a un lado y Barcelona al otro. Seguirán hasta el Tibidabo. Y pienso algo así: “¡Joder, hasta el Tibidabo! ¿Pues por qué no?”. Quizás para algunos no sea mucho pero para mí sí. No acostumbro a pegarme caminatas. La última, hace dos o tres años, cuando, junto con dos grandes amigos, crucé Collserola desde Horta hasta Cerdanyola… pero esa es otra historia. Ahora iba solo y mi superyó me susurraba: “¡Que también has de volver!”.

¡Lo guapo cuesta!

En Collserola hay carteles que advierten so pena de multa que por los senderos solo pueden andar peatones, ni bicis ni mucho menos motos. Pues bajando del mirador en dirección al Tibidabo, un ciclista remonta por el sendero. Para su descargo, destaco que el hombre porta la bicicleta de montaña a cuestas...

-¡Por menudo andurrial se ha ido a meter! –le suelto.
-¡Lo guapo cuesta! –responde sin que ninguno de los dos detengamos el paso.
-Buena frase…- le replico ya desde la distancia.
-Se me ha ocurrido ahora.

El autor del Principito, Saint-Exupéry, afirmaba algo parecido sobre la felicidad. No la veas como un objetivo, sino como una recompensa.

Cada vez –¡solo faltaría!- el Tibidabo crece en mi campo de visión. Y, cada vez más, dudo qué senderos escoger para voltear lo menos posible. Un ciclista me recomienda una dirección… pero cuando he recorrido un trecho mi instinto me sugiere encaminarme por la vía contraria. Cosa rara en mí hago caso al instinto y doy media vuelta. Jamás sabré si elegí la opción acertada. Ante una nueva partición y sin nadie a quién preguntar, opto de nuevo por hacer caso al instinto.

En realidad, como afirmaba no sé quién –sí sé quién-, esto del instinto no es más que un conjunto de razones y conocimientos condensados (¡ojo!, que tanto pueden ser conocimientos como prejuicios o errores, por eso también falla).

Supero el último tramo –unos dos kilómetros- por la carretera, a la que finalmente he desembocado sin tener opción de adentrarme en el bosque. O si la había no la he buscado. Muy pronto la algarabía de la diversión irrumpe en mis oídos.

El parque de atracciones ha cambiado desde que fui la última vez –no recuerdo cuándo-. La carretera se muta en peatonal a algo menos de un kilómetro de distancia. Solo circulan taxis a partir de ese momento.

Torre de Collserola desde el Tibidabo
Un poco más abajo del pie, en medio del montículo que sostiene a la antena gigante, hay una mancha gris alargada: es el garaje al aire libre desde donde intenté fotografiar al cometa a principios de marzo.
Fotografío la torre de Collserola, en donde estuve a principios de mes intentando cazar el cometa Pan Starr y en donde casi me caza a mí un jabalí… es un decir. Aquella vez ascendí a la montaña en coche.

Puedo acceder al parque sin más, no está cerrado, pero permanezco por la zona exterior. Grabo un pequeño vídeo para anunciar a amigotes y familia que al final he subido al Tibidabo tras tres horas y media de marcha. (Bueno, junto a los descansos, cuatro). Más fotos: de la atalaya, del carrusel, del Templo del Sagrado Corazón, de Barcelona...

Tibidabo
Parque de atracciones del Tibidabo.
Observatorio Fabra
Observatorio Fabra.
Mi mente avispada piensa: “¿Por qué no bajas en autobús?” Pregunto en información y puedo tomar el de Plaza Catalunya; el de Valle Hebrón –que me iría de perlas-, no, porque solo es para uso y disfrute de los que han disfrutado del parque. Me da pereza ir hasta Plaza Catalunya y tener que usar luego el metro hasta casa.

Me como una manzana y tiro monte a través. No por donde he venido, sino por la ladera del Cadillac. Decepción. Atravieso una urbanización gran parte del descenso. Quería haber ido por plena montaña. En hora y media larga me planto abajo, aparezco justo en la boca de metro de Vall d’Hebrón. Tres paradas me separan del hogar –del sofá, vaya-. Bajo las escaleras mecánicas, pero deshago el camino y subo de nuevo: “Te fuiste andando y volverás andando”.

Epílogo

Sí, hubo agujetas y ampollas en los pies, pero lo guapo cuesta...

Barcelona, tres símbolos: torre Agbar, Sagrada Familia y Torres Mapfre
Ya de bajada. Tres símbolos de Barcelona: Torre Agbar, Sagrada Familia y Torres Mapfre

                                                                                 ***

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2 comentarios:

  1. Impressionant la passejada!!!

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  2. Doncs, nena ostra, ja tinc en ment una altra. També per Collserola. Però ja veurem quan trobo el forat.

    Salutacions!

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